Salí de la escuela, me subí a la bicicleta y me encaminé hacia mi casa; esa casa que hace tiempo había dejado de serlo, pero que ahora, por causas de fuerza mayor, volvía a recuperar ese título. Me fijé si él seguía todavía en la esquina de la escuela. No era así, se había ido.
En las posteriores cuadras entré en un estado de ensimismamiento que no me permitía prestar atención a la mitad de las cosas que pasaban a mi alrededor. Un bocinazo me sacó de mis pensamientos, pero no tardé mucho para volverme a sumergir en los mismos, aunque esta vez de forma más precavida, prestando más atención a mi entorno. Hacía frío, lo sentía en la nariz, pero en ningún otro sector del cuerpo, ya que el movimiento constante que supone ir en bicicleta me mantenía caliente. En mi cabeza se repetía su nombre constantemente, mi ánimo empezaba a cambiar con el clima, cada segundo más ventoso, cada instante más gris, cada momento más húmedo. Pensé en mi vida, pensé que siempre tuve viento en contra, un viento que no me impide llegar, pero si que dificulta el trayecto, que hace que mis piernas pesen el doble. Se me puede acusar de pesimista, pero no lo soy, soy realista, hay gente que nace con viento a favor y ese no era mi caso.
Empezó a chispear y, aunque la lluvia me encanta, no tenía deseos de mojarme antes de llegar a casa. Aumenté la velocidad, tanto que mi respiración comenzó a agitarse. Empecé a desesperarme, como si todo lo que iba dejando atrás desapareciera y yo estuviese avanzando hacia una nube negra, una nube que tenía grabada en su esencia la palabra "tormenta". El viento me daba en la cara, la nariz se me había congelado. Su nombre seguía sonando en mi cabeza. No pude evitar las lágrimas que empezaron a resbalar por mis mejillas haciendo que éstas duelan. Y él era mi excusa, mi excusa para llorar, porque no quería llorar por las otras cosas, no quería llorar por mi viejo, no más. Pero la sensación de angustia que se me anudaba en el pecho desde hacía ya varios años, la cual siempre estaba presente, se había maximizado en las últimas semanas. Una sensación de mal presagio que no se termina jamás, un círculo vicioso. Lo que venía sería peor, siempre era peor, pero yo estaba preparada para lo que viniera, porque sabía y sé que al dolor, incluso al peor de los dolores se sobrevive, y luego se supera, y se sigue adelante.
la galaxia pulsa y yo respondo: la libertad la llevo en mis alas, la fuerza en mi espíritu, y el amor entre mi pecho y las estrellas
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