jueves, 19 de septiembre de 2013

Quiero que la pasión nos consuma
y que ardamos en el mismo fuego.
Quiero que mi sudor se deslice
por tu piel de terciopelo.

Quiero que mires mis ojos
y pronuncies
palabras que destruyan al silencio.
Quiero en cada segundo que transcurra
sentir tus besos.

Quiero olvidar todo pensamiento
y grabar en mi memoria
de ese momento el recuerdo.
Que nuestro cuerpos se unan
en un solo deseo,
y que la carne se llene
de todo ese fuego.
En fin, quiero amarte y luego
 decir 'Adiós'.

Mariana Vitali.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Sombras.

Las palabras se desvanecen,
ya nada importa.
Todo desaparece,
se vuelve sombra.

Sombras del recuerdo,
sombras del pasado.
Cuando la oscuridad te envuelve
nada se distingue, todo se encuentra nublado.

Tu sombra no te abandona,
y crece cuando a tu alrededor hay luz
y cuando la luz se esconde desaparece,
o ¿será que en todo se convierte?

Mariana Vitali.

lunes, 2 de septiembre de 2013

El mito de las luciérnagas


Asteria era la diosa de las estrellas, la diosa del cielo nocturno. Ella alumbraba la tierra durante las noches, mostraba el camino a los viajeros y creaba los momentos más románticos para los jóvenes enamorados. Era tan hermosa como el cielo que reinaba, y tan gentil y cálida como la brisa de una noche de verano.
Siempre se pensó que los dioses podían hacer lo que quisieran cuando quisieran. ¡Maldito sea el día que esta diosa lo desmintió! Cuando desobedeció a su padre, Zeus, y perdió, por ello, su fertilidad.
Una vez, observando la tierra desde su trono de estrellas, Asteria vio un niño en el bosque. Un niño que se encontraba solo, llorando, mirando las estrellas. Un mortal de cuatro años, hijo de ladrones, que vivía en una cueva debajo de un crusácius (lo que ahora sería un puente). Sus padres dieron todo por él. Robaron la joya más preciada del pueblo, el orgullo de este, para que su hijo tenga un futuro asegurado. Pero fueron descubiertos, y castigados con la muerte delante del niño.
Antes de morir, su madre le pidió que nunca diga a nadie su nombre, que, de ser posible, lo olvidara. Así nunca nadie podría atraparlo, ya que ni él sabía su verdadera identidad.
 La diosa sintió el deseo de ayudar a ese niño, ese solitario niño del bosque, ese huérfano que pedía por una madre. Entonces, envió a su lechuza, para que dijera al niño que ella, Asteria, lo cuidaría y ayudaría; que nunca más estaría solo porque lo cuidaría desde el cielo, que cuando se sintiese solo mirase las estrellas porque ella estaría ahí para él.
Asteria llamó al niño Astir, que significa estrella, y cuidó de él cada noche, lo ayudó y lo protegió. Astir vivió en el bosque, mirando las estrellas cada vez que se sentía solo, alimentándose de los animales del bosque. Creció, y a la vez el amor entre él y Asteria se volvió más fuerte. Pero una grave enfermedad postró a Astir, impidiéndole salir de la cueva donde vivía. La lechuza de Asteria cuidaba de él, le llevaba comida y agua, y servía de mensajera entre él y la diosa.
Astir estaba triste, porque no podía ver las estrellas, lo que para él significaba no ver a Asteria. La diosa no podía bajar del cielo, tenía que permanecer allí, pero ella deseaba más que nadie poder cuidarlo, acompañarlo. Ambos sabían que la vida de Astir llegaba a su fin. Entonces Asteria, decidió hacerle un regalo antes de la hora de su muerte, le llevaría las estrellas a la cueva, para que lo alumbren antes del final.
Entonces, tomó el reflejo de las estrellas sobre el lago y dijo “Vallan donde mi hermoso niño se encuentra e ilumínenlo.” Dicho esto, unos seres luminosos se separaron del reflejo y fueron a la cueva donde Astir se encontraba. Al ver estos seres, Astir sonrió, dijo “Gracias” y murió.


Asteria, crea a esos seres todas las noches, la gente llama a esos seres “Luciérnagas”, pero para ella, son el recuerdo de su amado niño del bosque.







Distantia Sidera

LVX MVNDI

Me armé un paraíso en la poesía, donde las nereidas juegan a la rayuela en las nubes y las golondrinas ya no migran. Un para-siempre de...