A veces siento que todo está lejos de mí, absolutamente todo. Lejos como una mancha de humedad detrás de un mueble viejo o un abanico polvoriento colgado en la pared de una casa de jubilados.
Apagado, los paisajes como en una foto sin colores ni contraste, el mundo gira y yo estoy acá, atrapada por tu campo gravitatorio, como la Luna siguiendo a la Tierra (sólo que vos serías, más bien, Júpiter, ya que no te alcanza con una sola luna en tu órbita). Entre tus tormentas eléctricas que me hacer reír y temblar, que llenan mi carne de deseos y súplicas pobres y mi mente de reflexiones inútiles y motivaciones deshonestas. Atrapada en tu juego, con tu ritmo y tus reglas, con más ganas de patear el tablero o (¿por qué no?) prenderlo fuego, que de seguir jugando.
¿Notaste cuánto te necesitaba esa noche? No quería decírtelo, tampoco iba a mendigar un abrazo, aunque, tal vez, debí hacerlo. Elegí seguir jugando, atrapada, también, por la inercia de ser nosotros, y me dejaste dormir en tu cama. Esperé que te acuestes a mi lado, esperé ese abrazo que no pude pedir, pero me dejaste durmiendo sola. Ni un beso, ni una caricia, ni un poquito de calor. Las sábanas tenían tu olor y yo me sentí vencida.
En este juego, para mí no hay fichas, haga lo que haga voy a salir perdiendo.
Mariana Vitali
** escrito en septiembre de 2016
** escrito en septiembre de 2016