miércoles, 28 de septiembre de 2016

Vuelvo mañana.

Me soñé a mi misma subiendo otra vez esa escalera, esos setenta y dos escalones que me llevaban a tu encuentro, en el piso 3b, habitación 312, cama 57. Nunca imaginé que unos números pudieran doler tanto. Llegué a la puerta, la atravesé, y me encontré con tu camilla vacía, esa que tenía a su lado la ventanita por la que entraba el olor a los eucaliptos, esa en la que esperaba encontrarte al menos una vez más.
Tenía que pedirte perdón, porque traté de cargar tu cruz con mis manos sangrando, y cuando la madera astillada comenzó a inyectarse en mi carne, huí. No podía ayudar, no podía cambiar por vos, me asusté y corrí lo más lejos que pude, me fui sin decirte nada y eso te hizo tan mal.
Tal vez si me quedaba no hubiese terminado así, pero no se puede cambiar lo que fue, aunque me hubiera gustado saber que lo entendías.

"Portate bien y hacele caso a los médicos. Vuelvo mañana." dije mirando la habitación vacía, estéril, estática y fría como una foto en blanco y negro, y sentí como se rompía ese mundo onírico que me arrastraba fuera de todo, y me pregunté porqué tenemos tan presente el mañana, si no existe.
 
Desperté con las piernas cansadas; ahora cada paso que doy lastima y pesa, como si todavía estuviera subiendo esa escalera, para ir corriendo a abrazarte y ver tu sonrisa mezclada con tus lágrimas, pero sé que sólo voy a encontrar ausencia, sé que no hay más abrazos, ni más sonrisas, ya no quedan ni lágrimas. Sólo queda una ciudad llena de recuerdos, cajas llenas de fotos, felicidad que se volvió nostalgia.
El mundo no frenó, el tiempo sigue consumiendo nuestros días, la vida continúa y yo tengo que seguir caminando, pero no hay más mundo, ni tiempo, ni vida para volver a verte, y mi "vuelvo mañana" ahora es una camilla vacía.




Mariana Vitali.

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